Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,
y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los
historiadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con
ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".
Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabó
la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su
escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen
provecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa mi
señora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la
señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y
desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

-Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,
porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor
tan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.

-¡Aquí del rey otra vez! -replicó Sancho-. Cuando esta caridad se hiciera
por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,
pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por
quitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas con
barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más
repulgada.

-Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo -dijo la duquesa-: mucho os vais
tras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; que
dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está mi
doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

-Mas que la diga vuestra excelencia -dijo Rodríguez-, que Dios sabe la
verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las
dueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues
Dios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,
y no a las barbas de nadie.

-Ahora bien, señora Rodríguez -dijo don Quijote-, y señora Trifaldi y
compañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,
que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viese
con Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase
a vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de
Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

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