Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta
alguna robada doncella.

-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene ese
caballo.

-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte,
que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni
como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,
que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni
Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se
llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de
los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos
nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,
Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho,
porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de
leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que
camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso
Rocinante.

-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o con
qué jáquima se gobierna?

-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola a
una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,
o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el
medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien
ordenadas.

-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir en
él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que
apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la
mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin
cojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las
barbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo no
pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debo
de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el
desencanto de mi señora Dulcinea.

-Sí sois, amigo -respondió la Trifaldi-, y tanto, que, sin vuestra
presencia, entiendo que no haremos nada.

-¡Aquí del rey! -dijo Sancho-: ¿qué tienen que ver los escuderos con las

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