Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como
ésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la
curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por
menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los
pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara
las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso
deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh
Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por
sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los
vivientes.

Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,
dijo:

-Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los
Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su
pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,
por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otro
género de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y
no fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad de
las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles
barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

-Así es la verdad, señor -respondió una de las doce-, que no tenemos
hacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras por
remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y
aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como
fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que
andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros
menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás
quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado de
ser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas
nos llevarán a la sepultura.

-Yo me pelaría las mías -dijo don Quijote- en tierra de moros, si no
remediase las vuestras.

A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:

-El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó
a mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis
sentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,
vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

-Por mí no quedará -respondió don Quijote-: ved, señora, qué es lo que
tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.

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