Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacó
de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por los
cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.
Turbéme, pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo estremo, pero,
con todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, le
dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tan
riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de
palacio, que fueron estas que están presentes, y, después de haber
exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas, sus
malas mañas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía,
dijo que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penas
dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo
momento y punto que acabó de decir esto, sentimos todas que se nos abrían
los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de
agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hallámonos de la
manera que ahora veréis.»

Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que
cubiertas venían, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,
cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de cuya
vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don
Quijote y Sancho, y atónitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosiguió:

-«Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de Malambruno,
cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas
cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos
hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras
caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, señores
míos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia, y los mares que hasta
aquí han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y así, lo diré
sin lágrimas), digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué
padre o qué madre se dolerá della? ¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuando
tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y
mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho
un bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto
nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!»

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.





Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta

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