Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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legítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia,
madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la enterramos.»

-Debió de morir, sin duda -dijo Sancho.

-¡Claro está! -respondió Trifaldín-, que en Candaya no se entierran las
personas vivas, sino las muertas.

-Ya se ha visto, señor escudero -replicó Sancho-, enterrar un desmayado
creyendo ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada
a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,
y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle
tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otro
criado de su casa, como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuera
el daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan
gentilhombre y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad en
verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,
según las reglas de mi señor, que está presente y no me dejará mentir, así
como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los
caballeros, y más si son andantes, los reyes y los emperadores.

-Razón tienes, Sancho -dijo don Quijote-, porque un caballero andante, como
tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor
señor del mundo. Pero, pase adelante la señora Dolorida, que a mí se me
trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.

-Y ¡cómo si queda lo amargo! -respondió la condesa-, y tan amargo que en su
comparación son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, la
reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra
y apenas le dimos el último vale, cuando,

quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de la
reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser
cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su
cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de
la demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura: a
ella, convertida en una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo
de un metal no conocido, y entre los dos está un padrón, asimismo de metal,
y en él escritas en lengua siríaca unas letras que, habiéndose declarado en
la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No
cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso
manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su

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