Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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piensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí, desdichada!
¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo
tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no me
rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas,
sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el
camino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es el
nombre del referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se halló
una y muy muchas veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañada
Antonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora,
no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de
sus zapatillas. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en
cualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño en
este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un
caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,
del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi
recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a más
andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo
entrar en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz el
mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,
en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notada
por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla.
Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario
la confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de un
alguacil de corte muy honrado...»

A esta sazón, dijo Sancho:

-También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo
que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesa
merced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin
desta tan larga historia.

-Sí haré -respondió la condesa.





Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable
historia


De cualquiera palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como se
desesperaba don Quijote; y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguió
diciendo:

-«En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se
estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración,
el vicario sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por su

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