Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las
barbas de acá poco o nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias,
yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, y más agora que me ha
menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo
lo que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y deje
hacer, que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habían
tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza y
disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:

-«Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del
Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doña
Maguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio
tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual
dicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina,
por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió,
pues, que, yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad de
catorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir más
de punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa!
Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya
los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre
de la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se haga
tanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del más
hermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecida
de mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, así
naturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientos
al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades y
gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras
grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía
hablar, y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de
pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en
estrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes a
derribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza
y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna
parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras no

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