Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos
pechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella es
tal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes,
y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero,
antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera
que me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía el
acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo
Panza.

-El Panza -antes que otro respondiese, dijo Sancho- aquí esta, y el don
Quijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que
quisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros
servidorísimos.

En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida
dueña, dijo:

-Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanza
de remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están
las mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro
servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda
suerte de menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester,
señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sin
rodeos, decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si no
remediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los pies
de don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:

-Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser los
que son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar,
de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso
andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de
los Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de las
manos, le dijo:

-¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en los
presentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de
Trifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que en
servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros
que han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tu
bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego
favorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa.

A lo que respondió Sancho:

-De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba de
vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes

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