Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática
figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban, por
lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se
debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres
Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se
llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,
y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por
ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus
nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta
condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el
Trifaldi.

Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los
rostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sino
tan apretados que ninguna cosa se traslucían.

Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y don
Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión
miraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual la
Dolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual el
duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a
recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta y
ronca que sutil y dilicada, dijo:

-Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su
criado; digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaré
a responder a lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha me
ha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues
cuanto más le busco menos le hallo.

-Sin él estaría -respondió el duque-, señora condesa, el que no descubriese
por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor de
toda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias.

Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a la
duquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.

Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la
Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta que
ellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de
romper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:

-Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos

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