Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

Página 630 de 838

todo el mundo, cómo no hay virtud que no se encierre en una dueña.

-Yo creo -dijo la duquesa- que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy
grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás
dueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, y
desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondió:

-Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los váguidos de
escudero, y no se me da por cuantas dueñas hay un cabrahígo.

Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran que el pífaro y los
tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Dolorida
entraba. Preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recebirla, pues
era condesa y persona principal.

-Por lo que tiene de condesa -respondió Sancho, antes que el duque
respondiese-, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero
por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.

-¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? -dijo don Quijote.

-¿Quién, señor? -respondió Sancho-. Yo me meto, que puedo meterme, como
escudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de
vuesa merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda
la cortesanía; y en estas cosas, según he oído decir a vuesa merced, tanto
se pierde por carta de más como por carta de menos; y al buen entendedor,
pocas palabras.

-Así es, como Sancho dice -dijo el duque-: veremos el talle de la condesa,
y por él tantearemos la cortesía que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pífaro, como la vez primera.

Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro,
siguiendo la mesma aventura, que es una de las más notables de la historia.





Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña
Dolorida


Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante
hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de
unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas
blancas de delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjil
descubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano
el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra
bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor
de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de

Página 630 de 838
 


Grupo de Paginas:                                     

Compartir:




Diccionario: