Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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escudero, decirle que entre y que aquí está el valiente caballero don
Quijote de la Mancha, de cuya condición generosa puede prometerse con
seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podréis decir de mi parte
que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene
obligado a dársele el ser caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueñas viudas,
menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.

Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al
pífaro y tambores señal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que había
entrado, se volvió a salir del jardín, dejando a todos admirados de su
presencia y compostura. Y, volviéndose el duque a don Quijote, le dijo:

-En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de la
ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto
porque apenas ha seis días que la vuestra bondad está en este castillo,
cuando ya os vienen a buscar de lueñas y apartadas tierras, y no en
carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los
afligidos, confiados que han de hallar en ese fortísimo brazo el remedio de
sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes hazañas, que corren y
rodean todo lo descubierto de la tierra.

-Quisiera yo, señor duque -respondió don Quijote-, que estuviera aquí
presente aquel bendito religioso que a la mesa el otro día mostró tener tan
mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que
viera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo:
tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y
desconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes no van a buscar su
remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las
aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los términos de su
lugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y
contarlas, que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y
las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el
amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de
personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doy
infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desmán y
trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueña
y pida lo que quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de mi

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