Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba por el
suelo; éstos venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de
negro. A su lado venía el pífaro, negro y pizmiento como los demás. Seguía
a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con
una negrísima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Por
encima de la loba le ceñía y atravesaba un ancho tahelí, también negro, de
quien pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Venía
cubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entreparecía
una longísima barba, blanca como la nieve. Movía el paso al son de los
tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su
negrura y su acompañamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que
sin conocerle le miraron.

Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas
ante el duque, que en pie, con los demás que allí estaban, le atendía; pero
el duque en ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase.
Hízolo así el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alzó el antifaz del
rostro y hizo patente la más horrenda, la más larga, la más blanca y más
poblada barba que hasta entonces humanos ojos habían visto, y luego
desencajó y arrancó del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y,
poniendo los ojos en el duque, dijo:

-Altísimo y poderoso señor, a mí me llaman Trifaldín el de la Barba Blanca;
soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Dueña
Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es
que la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para
entrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas y más admirables
que el más cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero
quiere saber si está en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencido
caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin
desayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que
se puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella queda a la
puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino
vuestro beneplácito. Dije.

Y tosió luego y manoseóse la barba de arriba abajo con entrambas manos, y
con mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:

-Ya, buen escudero Trifaldín de la Blanca Barba, ha muchos días que tenemos
noticia de la desgracia de mi señora la condesa Trifaldi, a quien los
encantadores la hacen llamar la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendo

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