Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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cueste ni valga más barata, según dice mi amo, que los buenos
comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros
cien escudos, como la de marras, pero no te dé pena, Teresa mía, que en
salvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno; sino que
me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de
comer las manos tras él; y si así fuese, no me costaría muy barato, aunque
los estropeados y mancos ya se tienen su calonjía en la limosna que piden;
así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios
te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. Deste castillo, a
veinte de julio de 1614.

Tu marido el gobernador,

Sancho Panza.

En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:

-En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir
o dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha
de dar, sabiendo él, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi señor,
se le prometió, no se soñaba haber azotes en el mundo; la otra es que se
muestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano fuese, porque la
codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia
desgobernada.

-Yo no lo digo por tanto, señora -respondió Sancho-; y si a vuesa merced le
parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer
otra nueva, y podría ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.

-No, no -replicó la duquesa-, buena está ésta, y quiero que el duque la
vea.

Con esto se fueron a un jardín, donde habían de comer aquel día. Mostró la
duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibió grandísimo contento.
Comieron, y después de alzado los manteles, y después de haberse
entretenido un buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, a
deshora se oyó el son tristísimo de un pífaro y el de un ronco y
destemplado tambor. Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y
triste armonía, especialmente don Quijote, que no cabía en su asiento de
puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llevó a su
acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real y
verdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y malencólico.

Y, estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín adelante dos

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