Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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florecillas de los campos se descollaban y erguían, y los líquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas,
iban a dar tributo a los ríos que los esperaban. La tierra alegre, el cielo
claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos, daban
manifiestas señales que el día, que al aurora venía pisando las faldas,
había de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y de
haber conseguido su intención tan discreta y felicemente, se volvieron a su
castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no
había veras que más gusto les diesen.





Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada aventura de la
dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho
Panza escribió a su mujer Teresa Panza


Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual
hizo la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada,
compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con
intervención de sus señores, ordenó otra del más gracioso y estraño
artificio que puede imaginarse.

Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la
penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí,
y que aquella noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la duquesa que
con qué se los había dado. Respondió que con la mano.

-Eso -replicó la duquesa- más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo
para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura; menester
será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de
canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se
ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea
por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se
hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.

A lo que respondió Sancho:

-Déme vuestra señoría alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me daré
con él como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que,
aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no
será bien que yo me descríe por el provecho ajeno.

-Sea en buena hora -respondió la duquesa-: yo os daré mañana una diciplina
que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes,
como si fueran sus hermanas propias.

A lo que dijo Sancho:

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