Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Si os debe
algo, o tenéis alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y pondré
donde vos más quisiéredes. Y, por agora, acabad de dar el sí desta
diciplina, y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como
para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para el
cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer
daño sacaros un poco de sangre.

-Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos
-replicó Sancho-; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo,
digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con
condición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se
me ponga tasa en los días ni en el tiempo; y yo procuraré salir de la deuda
lo más presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la
señora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yo
pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición que no he de
estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes
fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare en
el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de
contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.

-De las sobras no habrá que avisar -respondió Merlín-, porque, llegando al
cabal número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, y
vendrá a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun
premios, por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las
sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque
sea en un pelo de la cabeza.

-¡Ea, pues, a la mano de Dios! -dijo Sancho-. Yo consiento en mi mala
ventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.

Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música
de las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don
Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en
las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron
muestras de haber recebido grandísimo contento, y el carro comenzó a
caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza a los duques y
hizo una gran reverencia a Sancho.

Y ya, en esto, se venía a más andar el alba, alegre y risueña: las

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