Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de
una rústica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que
me ha hecho el señor Merlín, que está presente, sólo porque te enternezca
mi belleza; que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodón
los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión
indómito, y saca de harón ese brío, que a sólo comer y más comer te
inclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi
condición y la belleza de mi faz; y si por mí no quieres ablandarte ni
reducirte a algún razonable término, hazlo por ese pobre caballero que a tu
lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene
atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino
tu rígida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al
estómago.

Tentóse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviéndose al duque:

-Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.

-¿Qué decís vos a esto, Sancho? -preguntó la duquesa.

-Digo, señora -respondió Sancho-, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio.

-Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís -dijo el duque.

-Déjeme vuestra grandeza -respondió Sancho-, que no estoy agora para mirar
en sotilezas ni en letras más a menos; porque me tienen tan turbado estos
azotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no sé lo que me digo, ni
lo que me hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcina
del Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que
me abra las carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito,
con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura
son mis carnes de bronce, o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué
canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anque
no los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro,
sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube
ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que más vale un "toma" que dos "te daré"? Pues el
señor mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme para
que yo me hiciese de lana y de algodón cardado, dice que si me coge me

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