Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados
que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis
palabra, que os arrancaré el alma.

Oyendo lo cual Merlín, dijo:

-No ha de ser así, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han
de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere;
que no se le pone término señalado; pero permítesele que si él quisiere
redemir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se
los dé ajena mano, aunque sea algo pesada.

-Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar -replicó Sancho-: a mí no me
ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la señora Dulcinea del
Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo
sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento
y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las
diligencias necesarias para su desencanto; pero, ¿azotarme yo...?
¡Abernuncio!

Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando, levantándose en pie la argentada
ninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el sutil velo del
rostro, le descubrió tal, que a todos pareció mas que demasiadamente
hermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando
derechamente con Sancho Panza, dijo:

-¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de
entrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón desuellacaras,
que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del
género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres
de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con
algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras
melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que
no hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,
admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo
escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el
discurso del tiempo. Pon, ¡oh miserable y endurecido animal!, pon, digo,
esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niñas destos míos, comparados
a rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas.
Muévate, socarrón y malintencionado monstro, que la edad tan florida mía,
que aún se está todavía en el diez y... de los años, pues tengo diez y

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