Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un
mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque allí sonaba el duro
estruendo de espantosa artillería, acullá se disparaban infinitas
escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos se
reiteraban los lililíes agarenos.

Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las
trompetas, los tambores, la artillería, los arcabuces, y, sobre todo, el
temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y
tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su
corazón para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con él
desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibió en ellas, y a
gran priesa mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvió
en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a
aquel puesto.

Tirábanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en
cada cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del
carro venía hecho un asiento alto, sobre el cual venía sentado un venerable
viejo, con una barba más blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le
pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocací, que,
por venir el carro lleno de infinitas luces, se podía bien divisar y
discernir todo lo que en él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos del
mesmo bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez,
cerró los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al
puesto, se levantó de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie,
dando una gran voz, dijo:

-Yo soy el sabio Lirgandeo.

Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carro
de la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el
carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:

-Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.

Y pasó adelante.

Luego, por el mismo continente, llegó otro carro; pero el que venía sentado
en el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de mala
catadura, el cual, al llegar, levantándose en pie, como los otros, dijo con
voz más ronca y más endiablada:

-Yo soy Arcaláus el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda
su parentela.

Y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y
cesó el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sino

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