Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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gallardo francés Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser
desencantada la tal señora.

-Si vos fuérades diablo, como decís y como vuestra figura muestra, ya
hubiérades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le
tenéis delante.

-En Dios y en mi conciencia -respondió el Diablo- que no miraba en ello,
porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la
principal a que venía se me olvidaba.

-Sin duda -dijo Sancho- que este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora
yo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:

-A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo),
me envía el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandándome que
de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa
que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la
que es menester para desencantarla. Y, por no ser para más mi venida, no ha
de ser más mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ángeles
buenos con estos señores.

Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno, y volvió las espaldas y
fuese, sin esperar respuesta de ninguno.

Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en
Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuviese
encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o
no lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en
estos pensamientos, el duque le dijo:

-¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?

-Pues ¿no? -respondió él-. Aquí esperaré intrépido y fuerte, si me viniese
a embestir todo el infierno.

-Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaré
yo aquí como en Flandes -dijo Sancho.

En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por
el bosque, bien así como discurren por el cielo las exhalaciones secas de
la tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oyóse asimismo
un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que
suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrío áspero y continuado se
dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. Añadióse a
toda esta tempestad otra que las aumentó todas, que fue que parecía

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