Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada! Vuestras
grandezas dejen a este tonto, señores míos, que les molerá las almas, no
sólo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, traídos tan a sazón y
tan a tiempo cuanto le dé Dios a él la salud, o a mí si los querría
escuchar.

-Los refranes de Sancho Panza -dijo la duquesa-, puesto que son más que los
del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad
de las sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque
sean mejor traídos y con más sazón acomodados.

Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al
bosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pasó el día y se
les vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazón del tiempo
pedía, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo
consigo ayudó mucho a la intención de los duques; y, así como comenzó a
anochecer, un poco más adelante del crepúsculo, a deshora pareció que todo
el bosque por todas cuatro partes se ardía, y luego se oyeron por aquí y
por allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos
de guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba. La
luz del fuego, el son de los bélicos instrumentos, casi cegaron y atronaron
los ojos y los oídos de los circunstantes, y aun de todos los que en el
bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de moros cuando
entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que
no tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos
intrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse la duquesa, admiróse don
Quijote, tembló Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores
de la causa se espantaron. Con el temor les cogió el silencio, y un
postillón que en traje de demonio les pasó por delante, tocando en voz de
corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son
despedía.

-¡Hola, hermano correo! -dijo el duque-, ¿quién sois, adónde vais, y qué
gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?

A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:

-Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que
por aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro
triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el

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