Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados,
montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un
ojo.

-Yo lo creo así -respondió la duquesa-. Y por ahora, váyase Sancho a
reposar, que después hablaremos más largo y daremos orden como vaya presto
a encajarse, como él dice, aquel gobierno.

De nuevo le besó las manos Sancho a la duquesa, y le suplicó le hiciese
merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de
sus ojos.

-¿Qué rucio es éste? -preguntó la duquesa.

-Mi asno -respondió Sancho-, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta señora dueña le rogué, cuando entré en este
castillo, tuviese cuenta con él, y azoróse de manera como si la hubiera
dicho que era fea o vieja, debiendo ser más propio y natural de las dueñas
pensar jumentos que autorizar las salas. ¡Oh, válame Dios, y cuán mal
estaba con estas señoras un hidalgo de mi lugar!

-Sería algún villano -dijo doña Rodríguez, la dueña-, que si él fuera
hidalgo y bien nacido, él las pusiera sobre el cuerno de la luna.

-Agora bien -dijo la duquesa-, no haya más: calle doña Rodríguez y
sosiéguese el señor Panza, y quédese a mi cargo el regalo del rucio; que,
por ser alhaja de Sancho, le pondré yo sobre las niñas de mis ojos.

-En la caballeriza basta que esté -respondió Sancho-, que sobre las niñas
de los ojos de vuestra grandeza ni él ni yo somos dignos de estar sólo un
momento, y así lo consintiría yo como darme de puñaladas; que, aunque dice
mi señor que en las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de
menos, en las jumentiles y así niñas se ha de ir con el compás en la mano y
con medido término.

-Llévele -dijo la duquesa- Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.

-No piense vuesa merced, señora duquesa, que ha dicho mucho -dijo Sancho-;
que yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el
mío no sería cosa nueva.

Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y,
enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con él había
pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don
Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el
cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores

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