Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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más, que vosotros, ministros de la limpieza, habéis andado demasiadamente
de remisos y descuidados, y no sé si diga atrevidos, a traer a tal
personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y
de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de
aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis dejar, como
malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenéis con los escuderos de
los andantes caballeros.

Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que venía con
ellos, que la duquesa hablaba de veras; y así, quitaron el cernadero del
pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron;
el cual, viéndose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a
hincar de rodillas ante la duquesa y dijo:

-De grandes señoras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra
merced hoy me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear
verme armado caballero andante, para ocuparme todos los días de mi vida en
servir a tan alta señora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy,
hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a
vuestra grandeza, menos tardaré yo en obedecer que vuestra señoría en
mandar.

-Bien parece, Sancho -respondió la duquesa-, que habéis aprendido a ser
cortés en la escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero decir, que
os habéis criado a los pechos del señor don Quijote, que debe de ser la
nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como
vos decís. Bien haya tal señor y tal criado: el uno, por norte de la
andante caballería; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad.
Levantaos, Sancho amigo, que yo satisfaré vuestras cortesías con hacer que
el duque mi señor, lo más presto que pudiere, os cumpla la merced prometida
del gobierno.

Con esto cesó la plática, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la
duquesa pidió a Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, viniese a
pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho
respondió que, aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro o
cinco horas las siestas del verano, que, por servir a su bondad, él
procuraría con todas sus fuerzas no dormir aquel día ninguna, y vendría
obediente a su mandado, y fuese. El duque dio nuevas órdenes como se
tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del
estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.





Capítulo XXXIII.

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