Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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rubión: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.

A lo que respondió don Quijote:

-Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí
me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros
caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer
inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún
encantador invidioso; y, como es cosa ya averiguada que todos o los más
caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado,
otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo
fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta
que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto
había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma
alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo
que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos y
le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón,
aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo
dicho, que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no
poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy
de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado,
que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera
poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues
de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me
empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar
de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren
quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo
que, cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana
y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo
yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas
orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes
cómo, viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de
Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto Sancho, mi escudero, en su mesma
figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y
fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y, pues yo no
estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la

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