Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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Dios sabe si hay
Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas
no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo
engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea
una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas
las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa
con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y,
finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece
y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas
humildemente nacidas.

-Así es -dijo el duque-; pero hame de dar licencia el señor don Quijote
para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he
leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en
el Toboso o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced
nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las
Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez,
de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.

-A eso puedo decir -respondió don Quijote- que Dulcinea es hija de sus
obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y
tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más, que
Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro;
que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores
milagros se estiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí
encerradas mayores venturas.

-Digo, señor don Quijote -dijo la duquesa-, que en todo cuanto vuestra
merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la
mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi
casa, y aun al duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el
Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida y
merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que
es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un
escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el
escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a
la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llevó una
epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era

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