Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.351
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es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.
Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la
pendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:
-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.
-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.
Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar
tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara
allí tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demás
cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo
favor a la Santa Hermandad.
El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis
rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero,
viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo
Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros.
Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a él y acorriesen a don
Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecían a don
Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía,
Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Clara
desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; don
Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo porque no se
fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le
defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,
midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar
la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era
llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias,
cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitad
deste caos, máquina y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de
don Quijote que se veía metido de hoz y de coz en la discordia del campo de
Agramante; y así dijo, con voz que atronaba la venta:
-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si
todos quieren quedar con vida!
A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:
-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que alguna
región de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual,
quiero que veáis por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado
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