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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.247

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cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con mucha
priesa, porque así se lo tenía mandado Camila. Y aun tenía orden Leonela
que comiese primero que Camila, y que de su lado jamás se quitase; mas
ella, que en otras cosas de su gusto tenía puesto el pensamiento y había
menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no
cumplía todas veces el mandamiento de su señora; antes, los dejaba solos,
como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la
gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que ponía
freno a la lengua de Lotario.
»Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo
silencio en la lengua de Lotario, redundó más en daño de los dos, porque si
la lengua callaba, el pensamiento discurría y tenía lugar de contemplar,
parte por parte, todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila
tenía, bastantes a enamorar una estatua de mármol, no que un corazón de
carne.
»Mirábala Lotario en el lugar y espacio que había de hablarla, y
consideraba cuán digna era de ser amada; y esta consideración comenzó poco
a poco a dar asaltos a los respectos que a Anselmo tenía, y mil veces quiso
ausentarse de la ciudad y irse donde jamás Anselmo le viese a él, ni él
viese a Camila; mas ya le hacía impedimento y detenía el gusto que hallaba
en mirarla. Hacíase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir
el contento que le llevaba a mirar a Camila. Culpábase a solas de su
desatino, llamábase mal amigo y aun mal cristiano; hacía discursos y
comparaciones entre él y Anselmo, y todos paraban en decir que más había
sido la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si así
tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba
hacer, que no temiera pena por su culpa.
»En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasión
que el ignorante marido le había puesto en las manos, dieron con la lealtad
de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto
le inclinaba, al cabo de tres días de la ausencia de Anselmo, en los cuales
estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenzó a requebrar a
Camila, con tanta turbación y con tan amorosas razones que Camila quedó
suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a
su aposento, sin respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se
desmayó en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor;


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