Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.244
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abierta en la mejilla, y, pidiendo perdón a Camila del mal comedimiento,
dijo que quería reposar un poco en tanto que Anselmo volvía. Camila le
respondió que mejor reposaría en el estrado que en la silla, y así, le rogó
se entrase a dormir en él. No quiso Lotario, y allí se quedó dormido hasta
que volvió Anselmo, el cual, como halló a Camila en su aposento y a Lotario
durmiendo, creyó que, como se había tardado tanto, ya habrían tenido los
dos lugar para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario
despertase, para volverse con él fuera y preguntarle de su ventura.
»Todo le sucedió como él quiso: Lotario despertó, y luego salieron los dos
de casa, y así, le preguntó lo que deseaba, y le respondió Lotario que no
le había parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y
así, no había hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, diciéndole
que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y
discreción, y que éste le había parecido buen principio para entrar ganando
la voluntad, y disponiéndola a que otra vez le escuchase con gusto, usando
en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere engañar a alguno que
está puesto en atalaya de mirar por sí: que se transforma en ángel de luz,
siéndolo él de tinieblas, y, poniéndole delante apariencias buenas, al cabo
descubre quién es y sale con su intención, si a los principios no es
descubierto su engaño. Todo esto le contentó mucho a Anselmo, y dijo que
cada día daría el mesmo lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se
ocuparía en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su
artificio.
»Sucedió, pues, que se pasaron muchos días que, sin decir Lotario palabra a
Camila, respondía a Anselmo que la hablaba y jamás podía sacar della una
pequeña muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una
señal de sombra de esperanza; antes, decía que le amenazaba que si de aquel
mal pensamiento no se quitaba, que lo había de decir a su esposo.
»-Bien está -dijo Anselmo-. Hasta aquí ha resistido Camila a las palabras;
es menester ver cómo resiste a las obras: yo os daré mañana dos mil escudos
de oro para que se los ofrezcáis, y aun se los deis, y otros tantos para
que compréis joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas,
y más si son hermosas, por más castas que sean, a esto de traerse bien y
andar galanas; y si ella resiste a esta tentación, yo quedaré satisfecho y
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