Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.236
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tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga.
Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que
bien sé que eres Anselmo, y tú sabes que yo soy Lotario; el daño está en
que yo pienso que no eres el Anselmo que solías, y tú debes de haber
pensado que tampoco yo soy el Lotario que debía ser, porque las cosas que
me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han
de pedir a aquel Lotario que tú conoces; porque los buenos amigos han de
probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras;
que quiso decir que no se habían de valer de su amistad en cosas que fuesen
contra Dios. Pues, si esto sintió un gentil de la amistad, ¿cuánto mejor es
que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la
amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte
los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas
ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida
de su amigo. Pues dime tú ahora, Anselmo: ¿cuál destas dos cosas tienes en
peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan
detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, según yo
entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quitármela
a mí juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro está
que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y,
siendo yo el instrumento, como tú quieres que lo sea, de tanto mal tuyo,
¿no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida?
Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe
de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo;
que tiempo quedará para que tú me repliques y yo te escuche.
»-Que me place -dijo Anselmo-: di lo que quisieres.
»Y Lotario prosiguió diciendo:
»-Paréceme, ¡oh Anselmo!, que tienes tú ahora el ingenio como el que
siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
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