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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.235

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aquella estima en que tendré a la solicitada y perseguida que salió con la
corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas
que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opinión que tengo,
deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y
quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor
para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldrá, con la
palma desta batalla, tendré yo por sin igual mi ventura; podré yo decir que
está colmo el vacío de mis deseos; diré que me cupo en suerte la mujer
fuerte, de quien el Sabio dice que ¿quién la hallará? Y, cuando esto suceda
al revés de lo que pienso, con el gusto de ver que acerté en mi opinión,
llevaré sin pena la que de razón podrá causarme mi tan costosa experiencia.
Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo
ha de ser de algún provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, ¡oh
amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta
obra de mi gusto; que yo te daré lugar para que lo hagas, sin faltarte todo
aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta,
honrada, recogida y desinteresada. Y muéveme, entre otras cosas, a fiar de
ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de
llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a sólo a tener por hecho
lo que se ha de hacer, por buen respeto; y así, no quedaré yo ofendido más
de con el deseo, y mi injuria quedará escondida en la virtud de tu
silencio, que bien sé que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de
la muerte. Así que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es,
desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni
perezosamente, sino con el ahínco y diligencia que mi deseo pide, y con la
confianza que nuestra amistad me asegura.
ȃstas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales
estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no
desplegó sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no decía más,
después que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que
jamás hubiera visto, que le causara admiración y espanto, le dijo:
»-No me puedo persuadir, ¡oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas
que me has dicho; que, a pensar que de veras las decías, no consintiera que


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