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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.229

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su olvido las de los Hétores, Aquiles y Roldanes.
-¡Tomaos con mi padre! -dijo el dicho ventero-. ¡Mirad de qué se espanta:
de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora había vuestra merced de
leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco
gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los
frailecicos que hacen los niños. Y otra vez arremetió con un grandísimo y
poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil
soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarató a
todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, ¿qué me dirán del bueno de
don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se verá en el
libro, donde cuenta que, navegando por un río, le salió de la mitad del
agua una serpiente de fuego, y él, así como la vio, se arrojó sobre ella, y
se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apretó con
ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la
iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río,
llevándose tras sí al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando
llegaron allá bajo, se halló en unos palacios y en unos jardines tan lindos
que era maravilla; y luego la sierpe se volvió en un viejo anciano, que le
dijo tantas de cosas que no hay más que oír. Calle, señor, que si oyese
esto, se volvería loco de placer. ¡Dos higas para el Gran Capitán y para
ese Diego García que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
-Poco le falta a nuestro huésped para hacer la segunda parte de don
Quijote.
-Así me parece a mí -respondió Cardenio-, porque, según da indicio, él
tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pasó ni más ni menos
que lo escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.
-Mirad, hermano -tornó a decir el cura-, que no hubo en el mundo Felixmarte
de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes
que los libros de caballerías cuentan, porque todo es compostura y ficción
de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos decís de
entretener el tiempo, como lo entretienen leyéndolos vuestros segadores;
porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni
tales hazañas ni disparates acontecieron en él.
-¡A otro perro con ese hueso! -respondió el ventero-. ¡Como si yo no
supiese cuántas son cinco y adónde me aprieta el zapato! No piense vuestra
merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. ¡Bueno es que


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