Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.227
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Maritornes, todos los pasajeros, de la estraña locura de don Quijote y del
modo que le habían hallado. La huéspeda les contó lo que con él y con el
arriero les había acontecido, y, mirando si acaso estaba allí Sancho, como
no le viese, contó todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto
recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballerías que don
Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero:
-No sé yo cómo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no
hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ahí dos o tres dellos, con otros
papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no sólo a mí, sino a otros
muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí, las fiestas,
muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno
destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle
escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí sé
decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los
caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar
oyéndolos noches y días.
-Y yo ni más ni menos -dijo la ventera-, porque nunca tengo buen rato en mi
casa sino aquel que vos estáis escuchando leer: que estáis tan embobado,
que no os acordáis de reñir por entonces.
-Así es la verdad -dijo Maritornes-, y a buena fe que yo también gusto
mucho de oír aquellas cosas, que son muy lindas; y más, cuando cuentan que
se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y
que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho
sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
-Y a vos ¿qué os parece, señora doncella? -dijo el cura, hablando con la
hija del ventero.
-No sé, señor, en mi ánima -respondió ella-; también yo lo escucho, y en
verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en oíllo; pero no gusto
yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los
caballeros hacen cuando están ausentes de sus señoras: que en verdad que
algunas veces me hacen llorar de compasión que les tengo.
-Luego, ¿bien las remediárades vos, señora doncella -dijo Dorotea-, si por
vos lloraran?
-No sé lo que me hiciera -respondió la moza-; sólo sé que hay algunas
señoras de aquéllas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y
leones y otras mil inmundicias. Y, ¡Jesús!, yo no sé qué gente es aquélla
tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado,
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