Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.223
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premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de
acetarlos por sus caballeros.
-Con esa manera de amor -dijo Sancho- he oído yo predicar que se ha de amar
a Nuestro Señor, por sí solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor
de pena. Aunque yo le querría amar y servir por lo que pudiese.
-¡Válate el diablo por villano -dijo don Quijote-, y qué de discreciones
dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
-Pues a fe mía que no sé leer -respondió Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicolás que esperasen un poco, que querían
detenerse a beber en una fontecilla que allí estaba. Detúvose don Quijote,
con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y temía
no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que él sabía que Dulcinea
era una labradora del Toboso, no la había visto en toda su vida.
Habíase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea traía
cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hacían mucha ventaja a
los que dejaba. Apeáronse junto a la fuente, y con lo que el cura se
acomodó en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos
traían.
Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el
cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban,
de allí a poco arremetió a don Quijote, y, abrazándole por las piernas,
comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:
-¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy
aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y, asiéndole por la mano, se volvió a los que allí
estaban y dijo:
-Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros
andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se
hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras
mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y
unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acudí
luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las
lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que
ahora está delante (de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que
no me dejará mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo
del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de
una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y, así como yo le
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