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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.214

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contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y,
haciéndola detener, se hincó de rodillas ante ella, suplicándole le diese
las manos para besárselas, en señal que la recibía por su reina y señora.
¿Quién no había de reír de los circustantes, viendo la locura del amo y la
simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometió de
hacerle gran señor en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que
se lo dejase cobrar y gozar. Agradecióselo Sancho con tales palabras que
renovó la risa en todos.
-Ésta, señores -prosiguió Dorotea-, es mi historia: sólo resta por deciros
que de cuanta gente de acompañamiento saqué de mi reino no me ha quedado
sino sólo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran
borrasca que tuvimos a vista del puerto, y él y yo salimos en dos tablas a
tierra, como por milagro; y así, es todo milagro y misterio el discurso de
mi vida, como lo habréis notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o
no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el señor licenciado
dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y
extraordinarios quitan la memoria al que los padece.
-Ésa no me quitarán a mí, ¡oh alta y valerosa señora! -dijo don Quijote-,
cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y así, de
nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del
mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el
ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos
desta... no quiero decir buena espada, merced a Ginés de Pasamonte, que me
llevó la mía.
Esto dijo entre dientes, y prosiguió diciendo:
-Y después de habérsela tajado y puéstoos en pacífica posesión de vuestro
estado, quedará a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que más en
talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y
cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo más,
no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con
el ave fénix.
Parecióle tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo acerca de no
querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
-Voto a mí, y juro a mí, que no tiene vuestra merced, señor don Quijote,
cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que pone vuestra merced en duda el
casarse con tan alta princesa como aquésta? ¿Piensa que le ha de ofrecer la
fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le


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