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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.211

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prometido, y que, conforme a él, no puede entremeterse en otra aventura,
por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el señor
licenciado supiera que por ese invicto brazo habían sido librados los
galeotes, él se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces
la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced
redundara.
-Eso juro yo bien -dijo el cura-, y aun me hubiera quitado un bigote.
-Yo callaré, señora mía -dijo don Quijote-, y reprimiré la justa cólera que
ya en mi pecho se había levantado, y iré quieto y pacífico hasta tanto que
os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me
digáis, si no se os hace de mal, cuál es la vuestra cuita y cuántas,
quiénes y cuáles son las personas de quien os tengo de dar debida,
satisfecha y entera venganza.
-Eso haré yo de gana -respondió Dorotea-, si es que no os enfadan oír
lástimas y desgracias.
-No enfadará, señora mía -respondió don Quijote.
A lo que respondió Dorotea:
-Pues así es, esténme vuestras mercedes atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al
lado, deseosos de ver cómo fingía su historia la discreta Dorotea; y lo
mismo hizo Sancho, que tan engañado iba con ella como su amo. Y ella,
después de haberse puesto bien en la silla y prevenídose con toser y hacer
otros ademanes, con mucho donaire, comenzó a decir desta manera:
-«Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, señores míos, que a mí
me llaman...»
Y detúvose aquí un poco, porque se le olvidó el nombre que el cura le había
puesto; pero él acudió al remedio, porque entendió en lo que reparaba, y
dijo:
-No es maravilla, señora mía, que la vuestra grandeza se turbe y empache
contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces
quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos
nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran señoría, que se
ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, legítima heredera del gran
reino Micomicón; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir
ahora fácilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere.
-Así es la verdad -respondió la doncella-, y desde aquí adelante creo que
no será menester apuntarme nada, que yo saldré a buen puerto con mi
verdadera historia. «La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio
el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte mágica, y alcanzó por
su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, había de morir


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