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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.210

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miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y señor natural, pues
fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus
pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que había muchos años que
reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y
no se gane su cuerpo.
Habíales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes,
que acabó su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura
refiriéndola, por ver lo que hacía o decía don Quijote; al cual se le
mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que él había sido el
libertador de aquella buena gente.
-Éstos, pues -dijo el cura-, fueron los que nos robaron; que Dios, por su
misericordia, se lo perdone al que no los dejó llevar al debido suplicio.


Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar
a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había
puesto

No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
-Pues mía fe, señor licenciado, el que hizo esa fazaña fue mi amo, y no
porque yo no le dije antes y le avisé que mirase lo que hacía, y que era
pecado darles libertad, porque todos iban allí por grandísimos bellacos.
-¡Majadero! -dijo a esta sazón don Quijote-, a los caballeros andantes no
les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que
encuentran por los caminos van de aquella manera, o están en aquella
angustia, por sus culpas o por sus gracias; sólo le toca ayudarles como a
menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo
topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, y hice con ellos lo
que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga; y a quien mal le ha
parecido, salvo la santa dignidad del señor licenciado y su honrada
persona, digo que sabe poco de achaque de caballería, y que miente como un
hideputa y mal nacido; y esto le haré conocer con mi espada, donde más
largamente se contiene.
Y esto dijo afirmándose en los estribos y calándose el morrión; porque la
bacía de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado
del arzón delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los
galeotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sabía el
menguado humor de don Quijote y que todos hacían burla dél, sino Sancho
Panza, no quiso ser para menos, y, viéndole tan enojado, le dijo:
-Señor caballero, miémbresele a la vuestra merced el don que me tiene


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