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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.208

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hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero,
la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto
basta, alzó un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a
darlas en el pecho de maese Nicolás, o en la cabeza, él diera al diablo la
venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cayó
en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el
suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a
cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le habían derribado las
muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin
sangre, lejos del rostro del escudero caído, dijo:
-¡Vive Dios, que es gran milagro éste! ¡Las barbas le ha derribado y
arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corría su invención de ser descubierta,
acudió luego a las barbas y fuese con ellas adonde yacía maese Nicolás,
dando aún voces todavía, y de un golpe, llegándole la cabeza a su pecho, se
las puso, murmurando sobre él unas palabras, que dijo que era cierto
ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo verían; y, cuando se las tuvo
puestas, se apartó, y quedó el escudero tan bien barbado y tan sano como de
antes, de que se admiró don Quijote sobremanera, y rogó al cura que cuando
tuviese lugar le enseñase aquel ensalmo; que él entendía que su virtud a
más que pegar barbas se debía de estender, pues estaba claro que de donde
las barbas se quitasen había de quedar la carne llagada y maltrecha, y que,
pues todo lo sanaba, a más que barbas aprovechaba.
-Así es -dijo el cura, y prometió de enseñársele en la primera ocasión.
Concertáronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los
tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estaría hasta dos leguas
de allí. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y
el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote
dijo a la doncella:
-Vuestra grandeza, señora mía, guíe por donde más gusto le diere.
Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:
-¿Hacia qué reino quiere guiar la vuestra señoría? ¿Es, por ventura, hacia
el de Micomicón?; que sí debe de ser, o yo sé poco de reinos.
Ella, que estaba bien en todo, entendió que había de responder que sí; y
así, dijo:
-Sí, señor, hacia ese reino es mi camino


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