Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.203
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que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin
pensarlo, a vosotros, señores, se os ha comenzado a abrir puerta para
vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester.
Sacó luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y
una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y
otras joyas, con que en un instante se adornó de manera que una rica y gran
señora parecía. Todo aquello, y más, dijo que había sacado de su casa para
lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le había ofrecido ocasión
de habello menester. A todos contentó en estremo su mucha gracia, donaire y
hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues
tanta belleza desechaba.
Pero el que más se admiró fue Sancho Panza, por parecerle -como era así
verdad- que en todos los días de su vida había visto tan hermosa criatura;
y así, preguntó al cura con grande ahínco le dijese quién era aquella tan
fermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales.
-Esta hermosa señora -respondió el cura-, Sancho hermano, es, como quien no
dice nada, es la heredera por línea recta de varón del gran reino de
Micomicón, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual
es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y,
a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto,
de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.
-Dichosa buscada y dichoso hallazgo -dijo a esta sazón Sancho Panza-, y más
si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto,
matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que sí matará
si él le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no
tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra
merced, entre otras, señor licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome
gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le
aconseje que se case luego con esta princesa, y así quedará imposibilitado
de recebir órdenes arzobispales y vendrá con facilidad a su imperio y yo al
fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que
no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inútil para la
Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder
tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, sería
nunca acabar. Así que, señor, todo el toque está en que mi amo se case
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