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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.151

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demás mujeres del mundo estaban repartidas.
»Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo veía con cuán
justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de oír aquellas
alabanzas de su boca, y comencé a temer y a recelarme dél, porque no se
pasaba momento donde no quisiese que tratásemos de Luscinda, y él movía la
plática, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en mí un
no sé qué de celos, no porque yo temiese revés alguno de la bondad y de la
fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hacía temer mi suerte lo mesmo que
ella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a
Luscinda enviaba y los que ella me respondía, a título que de la discreción
de los dos gustaba mucho. Acaeció, pues, que, habiéndome pedido Luscinda un
libro de caballerías en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era
el de Amadís de Gaula...»
No hubo bien oído don Quijote nombrar libro de caballerías, cuando dijo:
-Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su
merced de la señora Luscinda era aficionada a libros de caballerías, no
fuera menester otra exageración para darme a entender la alteza de su
entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor, le habéis
pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: así que, para
conmigo, no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura,
valor y entendimiento; que, con sólo haber entendido su afición, la
confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y quisiera yo,
señor, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amadís de Gaula al
bueno de Don Rugel de Grecia, que yo sé que gustara la señora Luscinda
mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y de
aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por
él con todo donaire, discreción y desenvoltura. Pero tiempo podrá venir en
que se enmiende esa falta, y no dura más en hacerse la enmienda de cuanto
quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que allí
le podré dar más de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el
entretenimiento de mi vida; aunque tengo para mí que ya no tengo ninguno,
merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perdóneme vuestra
merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su
plática, pues, en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes, así
es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del
sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna.


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