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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.90

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asno. Púsose luego a caballo, y, llegándose a un rincón de la venta, asió
de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza.
Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de
veinte personas; mirábale también la hija del ventero, y él también no
quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que
parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban
que debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos,
pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar.
Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamó
al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:
-Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro
castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días
de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que
os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a
los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar
alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez
que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de
caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra
voluntad.
El ventero le respondió con el mesmo sosiego:
-Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue
ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me
hacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche
ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de
la cena y camas.
-Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.
-Y muy honrada -respondió el ventero.
-Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-, que en verdad que
pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo
sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga,
que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los
cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que
jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les
debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere,
en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche
y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre,
con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos


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