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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.81

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suelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada
como si verdaderamente hubiera caído.
-Ahí está el toque, señora -respondió Sancho Panza-: que yo, sin soñar
nada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos
cardenales que mi señor don Quijote.
-¿Cómo se llama este caballero? -preguntó la asturiana Maritornes.
-Don Quijote de la Mancha -respondió Sancho Panza-, y es caballero
aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se
han visto en el mundo.
-¿Qué es caballero aventurero? -replicó la moza.
-¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? -respondió Sancho
Panza-. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que
en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada
criatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres
coronas de reinos que dar a su escudero.
-Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor -dijo la ventera-, no
tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado?
-Aún es temprano -respondió Sancho-, porque no ha sino un mes que andamos
buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo
sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si
mi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrecho
della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España.
Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y,
sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:
-Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado
en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo,
es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi
escudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito en
mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la
vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera
tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata
que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señores
de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las
razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en
griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y
requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y
admirábanse, y parecíales otro hombre de los que se usaban; y,
agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la
asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que su


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