Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.52
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ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había
sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar,
ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo
dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura
y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y
propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está
segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de
Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la
maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con
todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los
tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros
andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los
huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a
quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi
escudero; que, aunque por ley natural están todos los que viven obligados a
favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber
vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la
voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga -que se pudiera muy bien escusar- dijo nuestro
caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la
edad dorada y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros,
que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron
escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y comía bellotas, y visitaba muy a
menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado
de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual,
uno de los cabreros dijo:
-Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero
andante, que le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darle
solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardará
mucho en estar aquí; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y
que, sobre todo, sabe leer y escrebir y es músico de un rabel, que no hay
más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el
son del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de
hasta veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañeros
si había cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho los
ofrecimientos le dijo:
-De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco,
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