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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.50

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dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la
redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada había,
habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se
sentase sobre un dornajo que vuelto del revés le pusieron. Sentóse don
Quijote, y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de
cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:

-Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y
cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de
venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi
lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa
conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por
donde yo bebiere; porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo
que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

-¡Gran merced! -dijo Sancho-; pero sé decir a vuestra merced que, como yo
tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas
como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho
mejor me sabe lo que como en mi rincón, sin melindres ni respetos, aunque
sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso
mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si
me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen
consigo. Ansí que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme
por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo
escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más
cómodo y provecho; que éstas, aunque las doy por bien recebidas, las
renuncio para desde aquí al fin del mundo.

-Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le
ensalza.

Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.

No entendían los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros
andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar, y mirar a sus
huéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el puño.
Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de
bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si
fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque
andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de
noria) que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto.


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