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Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) - pág.45

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cortaría la cabeza. Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder
palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras
del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia,
no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese
tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual
don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:

-Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me
pedís; mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero
me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante
la sin par doña Dulcinea, para que ella haga dél lo que más fuere de su
voluntad.

La temerosa y desconsolada señora, sin entrar en cuenta de lo que don
Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometió que el
escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.

-Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía
bien merecido.





Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del
peligro en que se vio con una turba de yangüeses


Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los
mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don
Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que
en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo
había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvía
a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo; y antes que subiese se
hincó de rodillas delante dél, y, asiéndole de la mano, se la besó y le
dijo:

-Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de
la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que
sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro
que haya gobernado ínsulas en el mundo.

A lo cual respondió don Quijote:

-Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no
son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana
otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que
aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino
más adelante.

Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la


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