Sonetos (William Shakespeare) - pág.25
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Quienes, pétreos, conmueven a los otros
Mas son fríos, serenos e impasibles,
Bien emplean las dádivas del cielo,
No derrochan los bienes de Natura,
Son dueños y señores de sus rostros,
Los otros, meros siervos de sus dones;
La flor es la dulzura del estío
Aunque ella viva y muera sin saberlo,
Mas apenas la flor se contamina
La maleza más vil es más airosa.
Pues se torna más rancio lo más dulce: Nada hiede peor que el lirio enfermo.
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¡Que adorable tornas el oprobio Que cual el cancro a la fragante rosa Corrompe la belleza de tu nombre! ¡Qué dulzura encubre tus pecados! La lengua que de ti cuenta la historia Añadiendo lascivos comentarios Sólo puede ultrajarte con elogios Pues nombrándote injuria es alabanza. ¡Qué mansión poseen esos vicios Que en ti han fijado su morada, Pues allí la belleza extiende un velo Que todo lo hermosea ante los ojos!
Ten cuidado con ese privilegio, Al acero mejor mella el mal uso.
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Ya te inculpan por joven y ligero,
Ya te elogian por joven y por grácil,
Mas tus gracias y culpas son amadas.
Pues las culpas en gracias transformaste.
El anillo más vil es elogiado
Si en un dedo de reina resplandece:
Así se traducen tus desvíos
En verdades, y en cosas verdaderas.
¡El lobo a cuánta oveja perdería
Si pudiera en oveja transformarse!
¡A cuántos que te admiran tú arruinaras
Si de todas tus gracias te valieras!
Mas no lo hagas, pues te amo de tal suerte Que si eres mío, mío es tu buen nombre.
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Ausentarme de ti fue un crudo invierno,
Oh deleite del año fugitivo.
¡Qué heladas padecí, qué días oscuros,
Qué diciembre tan yermo y desolado!
Y viajé sin embargo en el estío
Y el otoño, henchido con el fruto
Engendrado en fecunda primavera
Cual un vientre grávido enviudado.
Pero en tal descendencia sólo he visto
Esperanza de huérfano, zozobra,
Pues eres regocijo del verano
Y sin ti, aun las aves enmudecen.
O cantan con tan lúgubres acentos Que las hojas se agrisan, temerosas.
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Me alejé de ti en la primavera, Cuando el feraz abril, engalanado, Infundió tal juventud al mundo Que aun el grave Saturno retozaba. Mas ni el canto de aves ni el aroma De flores coloridas y diversas De júbilo pudieron embriagarme O incitarme a arrancarlas de los prados.
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