Sonetos (William Shakespeare) - pág.16
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Profundos, cual la rosa perfumada,
También tienen espinas y retozan
Si la brisa entreabre sus capullos;
Mas toda su virtud es apariencia:
Germinan apartadas, se marchitan,
Y mueren solas. Mas la rosa deja
Un dulce aroma tras su dulce muerte.
Y tú joven bello y adorable,
Si te agostas, aquí estás destilado.
55
Ni el mármol ni los áureos monumentos De príncipes serán más perdurables Que este arca de tu esplendor luciente, Recia rima, jamás piedra opacada. Cuando la guerra atroz derrumbe estatuas Y las turbas destruyan las murallas, Ni la espada de Marte ni hostil llama Abatirán esta memoria viva. A la muerte, y al enconado olvido, Podrás vencer, y en estas alabanzas Los ojos de los hombres venideros Hasta el juicio final verán tu imagen.
Así, hasta que seas convocado,
Aquí vivirás, y en tiernos ojos.
56
Renueva, amor, tus bríos, no se diga
Que eres más endeble que el deseo,
Cuya fiebre voraz, hoy aplacada,
Mañana se agudiza nuevamente.
Si hoy tus ojos hambrientos se han hartado,
Amor, aunque ahítos parpadeen,
Mañana también mira, no destruyas
Por torpeza el espíritu amoroso.
La ausencia sea océano que aparta
A fogosos amantes que a la orilla
Se acercan diariamente para verse
Y las ansias recíprocas inflaman.
Sea invierno tan lleno de cuidados Que triple bienvenida dé al estío.
57
Esclavo soy, y esclavas son mis horas,
Del arbitrio y afán de tu deseo,
Pues vanas son las horas de mi vida
En que tú no requieres mis servicios.
No me atrevo a llamar lenta la espera
Cuando miro el reloj mientras te aguardo,
Ni a juzgar amargas tus ausencias
Cada vez que despides a tu siervo,
Ni inquiero con preguntas recelosas
Dónde estás, qué haces o discurres.
Melancólico esclavo, en nada pienso
Salvo en ti, y en la ventura de otros.
Tan necio es el amor, que tus caprichos Acepta dócilmente aunque lo hieras.
58
El dios que de ti me ha esclavizado, Prohibe que vigile tus placeres O pida cuenta alguna de tus ocios, Pues tu vasallo soy y te obedezco. Estando a tu merced, soporto luego La cárcel soledosa de tu ausencia Y ofrezco dócilmente ambas mejillas Sin acusarte de injusticia alguna. Es tu privilegio ir donde gustes Y disponer sin trabas de tus horas Para hacer cuanto quieras, y aun puedes Indultarte por daños a ti mismo.
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