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Romeo y Julieta (William Shakespeare) - pág.3

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Gregorio, recuerda tu mandoble.

Pelean.

BENVOLIO [desenvaina]
¡Alto, bobos! Envainad; no sabéis lo que hacéis.

Entra TEBALDO.

TEBALDO
¿Conque desenvainas contra míseros esclavos?
Vuélvete, Benvolio, y afronta tu muerte.
BENVOLIO
Estoy poniendo paz. Envaina tu espada
o ven con ella a intenta detenerlos.
TEBALDO
¿Y armado hablas de paz? Odio esa palabra
como odio el infierno, a ti y a los Montescos.
¡Vamos, cobarde!

[Luchan.]
Entran tres o cuatro CIUDADANOS con palos.

CIUDADANOS
¡Palos, picas, partesanas! ¡Pegadles! ¡Tumbadlos!
¡Abajo con los Capuletos! ¡Abajo con los Montescos!

Entran CAPULETO, en bata . , y su esposa
[la SEÑORA CAPULETO].

CAPULETO
¿Qué ruido es ese? ¡Dadme mi espada de guerra!
SEÑORA CAPULETO
¡Dadle una muleta! - ¿Por qué pides la espada?

Entran MONTESCO y su esposa
[la SEÑORA MONTESCO].

CAPULETO
¡Quiero mi espada! ¡Ahí está Montesco, blandiendo su arma en desafío!
MONTESCO
¡Infame Capuleto! - ¡Suéltame, vamos!
SEÑORA MONTESCO
Contra tu enemigo no darás un paso.

Entra el PRINCIPE DELLA SCALA, con su séquito.

PRÍNCIPE
¡Súbditos rebeldes, enemigos de la paz,
que profanáis el acero con sangre ciudadana! –
¡No escuchan! - ¡Vosotros, hombres, bestias,
que apagáis el ardor de vuestra cólera
con chorros de púrpura que os salen de las venas!
¡Bajo pena de tormento, arrojad de las manos
sangrientas esas mal templadas armas
y oíd la decisión de vuestro Príncipe!
Tres refriegas, que, por una palabra de nada,
vos causasteis, Capuleto, y vos, Montesco,
tres veces perturbaron la quietud de nuestras calles
e hicieron que los viejos de Verona
prescindiesen de su grave indumentaria
y con viejas manos empuñasen viejas armas,
corroídas en la paz, por apartaros
del odio que os corroe. Si causáis
otro disturbio, vuestra vida será el precio.
Por esta vez, que todos se dispersen.
Vos, Capuleto, habréis de acompañarme.
Montesco, venid esta tarde a Villa Franca .


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