Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.50
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PRINCESA.-Buen día, y la lluvia, difícil me parece. EL REY.-Interpretad mis palabras como es debido, os lo ruego. PRINCESA.-Enunciad mejor vuestros deseos, os lo autorizo. EL REY.-Hemos venido a visitaros con objeto de conduciros a nuestra corte; dignaos consentir en ello. PRINCESA.-Estos campos me guardarán. En cuanto a vos, guardad asimismo vuestra promesa. Ni Dios ni yo gustamos de los hombres perjuros. EL REY.-No me reprochéis lo que vos misma habéis causado. La virtud de vuestros ojos ha sido la que ha roto mis juramentos. PRINCESA.-Invocáis en falso la virtud; de vicio es de lo que deberíais hablar. El oficio de la virtud jamás consiste en empujar a los hombres a romper su fe. Y ahora, por mi honor de doncella, que es aún tan puro como la inmaculada azucena, afirmo, aunque por hacerlo tuviese que sufrir todos los tormentos del mundo, que no consentiré en ser huésped en vuestro palacio, de tal modo me repugna hacer romper votos pronunciados de buena fe y con entera libertad. EL REY.-Señora, habéis vivido aquí, en la soledad, sin que nadie viniese a visitaros, y esto es lo que nos avergüenza. PRINCESA.-No, majestad, en modo alguno; os lo aseguro. Hemos tenido pasatiempos y distracciones divertidísimas. Precisamente, hace apenas un instante, cuatro rusos, por ejemplo, acaban de dejarnos. EL REY-¿Rusos decís, señora? PRINCESA.-Rusos digo, majestad. Por cierto, que llenos de amable galantería. Sumamente bien vestidos y de buen ver. ROSALINA.-Mejor decir la verdad, señora. La cosa no ha sido así, majestad... Mi señora, siguiendo la moda del día, les concede por pura cortesía alabanzas que no merecen. La verdad es que las cuatro hemos sido acometidas por cuatro personajes vestidos de rusos. Una hora han estado aquí diciendo cuanto les venía a la boca, y durante todo este tiempo ni una sola palabra agradable hemos oído de ellos. No me atrevo a calificarles de tontos, pero sí sé que cuando tienen sed, tontos hay que querrían a todo trance beber. BEROWNE.-A mí esta broma, amabilísima criatura, me deja la garganta seca. Paréceme que es vuestro propio espíritu el que hace de los sabios, tontos. Cuando con los ojos más penetrantes del mundo miramos de frente al inflamado ojo del cielo, el exceso de luz, precisamente, nos hace perder la luz. Así, vuestra capacidad es de tal naturaleza, que, ante tan inmenso tesoro, la sabiduría parece tontería y la riqueza, pobreza. ROSALINA.-Lo que prueba que sois rico y sabio; pues, a mis ojos.
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