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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.42

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Página 42 de 64


ROSALINA.-Cierto que cuanto haces lo haces siempre en la oscuridad. CATALINA.-No como tú, en todo caso, que siem­pre se te ve obrar con diáfana ligereza.
ROSALINA.-Por supuesto, no siendo, tan pesada como tú, ligera es forzoso que te parezca. CATALINA.-No hay duda que menos pesada que yo; como que en ti no hay nada de peso. ROSALINA.-Bueno. Cuando quiera pesar más ya me prestarás un poco de tu sobrada tontería. PRINCESA.-¡Bien lanzada la pelota, por una y otra parte! Torneo de agudezas bien llevado. Pero dime, Rosalina, ¿no tienes tú también un regalo? ¿Quién te lo ha enviado y qué es? ROSALINA.-Vais a saberlo. De haber sido mi cara tan hermosa como la vuestra, no por ello hubiera sido mejor tratada. He aquí la prueba. (Muestra su re­galo.) Y ni que decir tiene, que también he recibido versos, por los que doy las gracias a Berowne. La medida es perfecta, justa. De serlo tanto las alaban­zas que en ellos me dirige, sería yo la diosa más be­lla de la tierra. Soy igualada en ellos a veinte mil mujeres hermosas, ¡Oh!, ¡me hace un verdadero re­trato! PRINCESA.-Pero, ¿tiene parecido? ROSALINA.-En las palabras, sí; en las alabanzas, no. PRINCESA.-Si te dice que eres hermosa como la tinta, nada más justo.
CATALINA.-Hermosa como esa C mayúscula im­presa en negro al principio de la palabra cuaderno. ROSALINA.-¡Bah!, no te preocupes de los colores. Pero devolviéndote la galantería, te diré que en ti nada de letras negras, mi reja dominical, mi letrita de oro. ¡Lástima que tengas la cara tan impresa por las oes enormes de los lindos granitos que la llenan! CATALINA-¡Que la viruela te devuelva la broma! PRINCESA.-¡Embrujadas sean las brujas! Pero va-mos, a ver, ¿qué te ha enviado a ti el hermoso Du-maine? CATALINA.-Este guante, Señora. PRINCESA.-¿No te ha, enviado el otro? CATALINA.-Por supuesto, Señora. Y con ellos un millar de versos como pudiera escribirlos un amante fiel; interminable compilación de hipócritas falseda­des y de tonto candor afectado. MARÍA.-Yo he recibido esta carta y este collar de perlas de Longaville. En cuanto a la carta, media milla más tiene, por lo menos, de lo que debería te­ner. PRINCESA.-Pienso como tú. ¿Verdad que hubieses deseado con todo tu corazón que el collar fuese más largo y la carta más corta?
MARIA.-Sí; aunque tuviese que tener las manos juntas siempre. PRINCESA.-¡Qué muchachas tan avisadas somos, burlándonos de este modo de nuestros enamorados! ROSALINA.


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