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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.37

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Página 37 de 64


Sin contar que añade a los ojos una vista preciosa. Los ojos de un enamo­rado cegarían a un águila con su brillo; los oídos de un amante capaces son de advertir el más pequeño ruido, allí donde la oreja alerta de un ladrón no oye nada. El tacto del amor es más sensible, más delica­do que los tiernos cuernos de un caracol. Tan refi­nado es el gusto del amor, que, junto a él, el goloso Baco es grosero. En cuanto a su valor, ¿no es el amor siempre un Hércules, dispuesto a trepar al ár­bol de las Hespérides? Sutil como la Esfinge, suave y melodioso como el laúd del brillante Apolo, cuyas cuerdas fuesen sus propios cabellos. Y cuando ha­bla el amor, las voces de todos los dioses embriagan el cielo con su armonía. Jamás poeta alguno osó tomar la pluma sin que su tinta estuviese impregna­da con los suspiros del amor. Pero entonces sus versos encantaban los oídos más groseros y lleva­ban al corazón de los tiranos la dulzura de la mo­destia. En cuanto a los ojos de las mujeres, de ellos saco la siguiente doctrina: que arden siempre con la verdadera llama de Prometeo; que son los libros, las artes, las academias que enseñan, contienen y nutren a todo el universo, y que sin ellos, nadie puede so­bresalir en algo. Locos estabais pues, renegando, como lo hicisteis, de las mujeres; y de mantener vuestro juramento, locos seguiríais aún. En nombre, pues, de la sabiduría, tan apreciada de los hombres; en nombre del amor, honor de los mortales; en nombre de los hombres, autores de las mujeres, y en nombre de las mujeres, que procrean a los hombres, reneguemos para siempre de nuestros juramentos, con objeto de volver a ser nosotros mismos; de no hacerlo y de mantener nuestra promesa, nos perde­ríamos para siempre, Perjurar de este modo es reli­gión pura. La caridad, que ello representa, es la ley suprema, y, ¿quién podría separar la caridad del amor? EL REY.-Invoquemos, pues, a San Cupido, y voso­tros, soldados. ¡adelante! BEROWNE.-Desplegad vuestros estandartes, seño­res, ¡y al enemigo! Entablemos combate, ¡y al suelo con ellas! Pero tened cuidado al cargar, de que el sol no os dé en plenos ojos. LONGAVILLE.-Vengamos a lo que interesa de­jándonos de metáforas. ¿Estamos resueltos a corte­jar a esas hijas de Francia? EL REY.-E incluso a conquistarlas. Pensemos, pues, qué fiestas y diversiones daremos en sus pro­pias tiendas.


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