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Penas por amor perdidos (William Shakespeare) - pág.36

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Página 36 de 64


-¡Oh!, más razones tenemos de las que necesitamos. ¡Atención, pues, combatientes, por amor! Conside­rad, ante todo, los juramentos que habéis prestado: ayunar, estudiar no ver ninguna mujer. Es decir, traición, pura y simple, contra los derechos sobe­ranos de la juventud. Porque, decidme, ¿podríais ayunar? Vuestros estómagos son demasiado jóvenes y la abstinencia engendra enfermedades. También, señores; habéis jurado estudiar, sin daros cuenta que al hacerlo, cada uno renegabais del más sagrado de vuestros libros. Pues, ¿podríais sin cesar meditar, reflexionar y examinar? Además, ¿cómo vos, señor, y tú, y tú lo mismo, hubierais podido hallar lo que constituye la base del estudio sin la ayuda de la her­mosura de un rostro de mujer? De los ojos precisa­mente de las mujeres saco yo la doctrina siguiente: que ellas son el fundamento de todo saber, los li­bros, las academias de donde brota la verdadera llama de Prometeo. Sí, el estudio, llevado al exceso, ahoga en las arterias los ágiles espíritus, del mismo modo que el movimiento y la acción prolongados, agotan la energía nerviosa de un viajero. Así como que, prometiendo no mirar un rostro de mujer, re­negabais del uso de vuestros ojos, y al mismo tiem­po, la promesa de estudiar, base y principio de vuestro juramento. Porque, decidme, ¿qué autor en el mundo sería capaz de enseñarnos tanto sobre la belleza como los ojos de una mujer? La ciencia, en realidad, no es para nosotros sino un accesorio, y allí donde estamos, ella con nosotros está. Luego, cuando nos miramos en los ojos de una mujer, ¿es que no vemos nuestra ciencia al mismo tiempo que nuestra imagen? Claro, que diréis que hemos jurado estudiar; pero, señores míos, al prestar juramento, ¿no renegábamos, en realidad, de nuestros libros? Porque vos, señor, y tú, y lo mismo tú, ¿cómo ha­bríais podido encontrar en la fría meditación caden­cias tan ardientes como esas con las que os han enriquecido los inspiradores ojos de las que os han enseñado, como verdaderas maestras que son en la ciencia de la belleza? Las otras ciencias, más inertes, permanecen confinadas en el cerebro, y no en­contrando a causa de ello sino adeptos estériles, apenas consiguen mostrar el fruto de un pesado tra­bajo. Mientras que el amor, aprendido, ante todo, en los ojos de una mujer, no permanece solitario y claustrado en el cerebro, sino que, poniendo en agitación a todos los elementos, corre rápido como el pensamiento a través, sin dejar una, de las poten­cias de nuestro ser; y doblándolas y mag­nificándolas, las hace muy superiores y las eleva por sobre su misión y se oficio.


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